Para coleccionistas, inversores y compradores, una firma puede añadir valor a una obra. Pero, ¿realmente garantiza su autenticidad? A lo largo de la historia, las galerías han sabido adaptarse a la demanda, y si un cuadro no estaba firmado, muchas veces se encargaban de hacerlo ellas mismas.
Edgar Degas, por ejemplo, solía negarse a firmar sus pinturas porque nunca las consideraba terminadas. Su marchante, ansioso por vender, entraba a su estudio, se llevaba algunas obras y las firmaba él mismo. Algo similar ocurrió con muchos artistas de épocas en las que no era común firmar, cuyos trabajos las galerías firmaron para facilitar las ventas. Es por eso hoy existen Rembrandts auténticos con firmas falsas.
Incluso el gran Miguel Ángel solo firmó una escultura en toda su vida—La Piedad—y, sin embargo, su autoría de muchas obras no firmadas jamás ha sido cuestionada.
En el campo de la autenticación, las firmas no significan mucho. Una firma bien hecha no prueba la autenticidad. Una firma mal hecha no significa que la pintura sea falsa. ¿Y si una pintura no está firmada? De hecho, las obras sin firma suelen tener más probabilidades de ser genuinas, ya que los falsificadores rara vez omiten una firma.
El análisis forense de la escritura puede ser útil, pero es solo una parte del proceso. La verdadera autenticación requiere un examen mucho más profundo.
Nos dedicamos a la autenticación de obras de arte hace 25 y podemos decir con orgullo que nunca nos hemos equivocado.
Envíenos sus fotografías y le responderemos a la brevedad. Deben ser de alta resolución.